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Entrevista a Santiago García Pascual


Santiago García Pascual




Jaco es un chaval normal y corriente. Tiene carrera, máster y la cuenta a cero por su estúpido afán de trabajar de lo suyo. Arturo y Abel, sus amigos, son menos quisquillosos y se dedican a lo que pueden mientras disfrutan de los mejores años de su juventud.

Tras tres infructuosas experiencias, Jaco consigue su primer trabajo remunerado. El sueldo es «astronómico»: 125 euros mensuales, más una ayuda para el transporte. Sigue siendo un simple becario, pero no puede exigirle más a la vida. ¿Quién se ha creído que es?

Da igual, está ilusionado y sortea con destreza la disonancia cognitiva. ¿Se comerá el mundo? ¿El mundo le engullirá sin piedad? Solo el tiempo le dará la respuesta.



Miguel Esteban Torreblanca.-.-¿Es posible una insurrección global en un momento como el nuestro, en el que la desafección política y las pantallas nos privan de sacar los cuerpos a la calle?


Santiago García Pascual.--Lo dudo, las nuevas generaciones son cada vez menos violentas y eso es positivo. No obstante, dicha realidad no significa que no se puedan rebelar contra el sistema por medios pacíficos. De hecho, espero que lo hagan.


P.-.-¿Cuál es el vínculo entre “insurrección democrática” y “solidaridad de especie”?


R.-Lo desconozco.

P.-.-¿Lo que usted llama “política climática burguesa” es una lucha woke contra la emergencia climática?

R.-No recuerdo haber empleado nunca ese término, aunque admito compartir su significado. Es decir, concuerdo en que la excesiva preocupación por el cambio climático es una preocupación mayoritariamente de corte burgués. Las clases más desfavorecidas tienen otros problemas más acuciantes que resolver como para darle demasiadas vueltas a eso.

P.-.-¿Cómo hacer frente a esas cien empresas responsables del 70% de las emisiones globales si cada vez ejercen “menos violencia” para mantenerse con el poder, si de un modo u otro “colaboramos” con ellas?


R.-Lo más sensato sería dejar que lo resolviese la iniciativa privada, que siempre es más eficaz que la pública.

P.-.-¿Por qué los Estados no frenan a estas compañías, por incapacidad, por cuestión económica, por falta de compromiso real?

R.-Porque el Estado no lo puede resolver todo, ni tampoco creo que sea sano que lo haga en el caso de que tuviera el poder para ello. Vivimos en sociedades excesivamente estatistas que coartan nuestras libertades mucho más de lo que imaginamos.

P.-.-A comienzos de 2000, parecía que era posible una acción conjunta (Estados, sociedad civil) para combatir la emergencia climática, pero se fue desinflando, ¿a causa de qué?

R.-La sociedad tiene otras preocupaciones.

P.-.-¿Está lo suficientemente concienciada la clase trabajadora con el cambio climático?

R.-No, como ya he dicho, es más una preocupación de corte burgués. La clase trabajadora tiene otros problemas como conseguir trabajo, acceder a una vivienda, algo casi imposible para la mayoría de los jóvenes, y dar una mejor vida a sus hijos que la que ellos tuvieron. Lo sé de primera mano porque vivo en uno de los barrios más degradados de Madrid.

P.-.-Asegura que la ecología de la clase trabajadora está ligada a los medios de reproducción (ocio). ¿Cómo trasladarla también al lugar de producción?

R.-Yo no aseguro eso y desconozco la respuesta.

P.-.-“Solo un control social consciente de la producción puede guiarnos a algo parecido a una vía sostenible”. ¿Cómo conseguir ese control social a corto/medio plazo?


R.-No lo sé porque yo creo en la libertad como valor supremo, siempre que no se atente contra la de nadie y jamás se me ocurriría controlar a los demás. Los gobiernos suelen cometer el error de infantilizar a los ciudadanos, controlar la economía y subestimar la capacidad de elección de individuos y empresas.

P.-.-Cuando se habla de “una transición justa”, ¿justa para quién y en qué términos? ¿No saldrán perjudicados, de nuevo, los mismos, es decir, los trabajadores?


R.-Eso no existe, ya que el mundo en vías de desarrollo no protege la salud de sus empleados y solo va ampliar su margen de beneficio colaborando con las grandes economías.

P.-.-¿Cómo es posible que los discursos de extrema derecha hayan calado tanto entre las clases más desfavorecidas en el asunto climático?

R.-Fácil, porque la izquierda les ha defraudado y se ha convertido en la ideología clásica de los jóvenes acomodados de barrio bien, individuos que creen saber lo que es mejor para los pobres, pero como no se relacionan con ellos, ni tampoco viven en sus barrios, yerran en casi todas sus políticas.

P.-.-Algunos sectores desligados de los beneficios y las previsiones del mercado (como sanidad y educación) están siendo dinamitados. ¿Qué les depara el futuro?

R.-Muy malo, sobre todo tras la pandemia. La calidad de la sanidad ha decaído mucho. La educación en cambio lleva así de mal desde el siglo XIX, pues seguimos utilizando el método de Bismark basado en memorizar, en lugar de apostar por una educación más centrada en conseguir ciudadanos críticos, y no simplemente empleados sin criterio y adeptos al poder establecido.

P.-.-Con la llegada de Trump al poder, resulta impensable que Estados Unidos lidere la lucha política contra el cambio climático. China tampoco está por la labor, ni Rusia. ¿Hasta qué punto su rebeldía mal entendida pone en juego la supervivencia del planeta?

R.-Estamos muy equivocados si pensamos que el cambio climático lo van a resolver los Gobiernos. De hecho, sería contraproducente no implicar primero a los grandes agentes económicos, para que así desarrollen un modelo sostenible que sea eficaz en el tiempo y no perjudique a los ciudadanos más desfavorecidos que son los más damnificados cuando se producen desastres naturales cada vez más frecuentes, como lo que ha ocurrido recientemente en Valencia con la Dana. Asimismo, son los que más notan en su bolsillo cuando sube el precio de la luz, la gasolina, etc. Matizo esto, los más adinerados no notan esas subidas de precio, porque los artículos de lujo siguen costando lo mismo o parecido.

P.-.-¿Hubo algún momento, siendo crío, en el que oyera algo en la radio, o en la calle, algún campanazo por el que dijera: “Yo quiero hacer eso”?

R.-No. De pequeño tenía otras preocupaciones.

P.-¿Cómo ha evolucionado la situación?

R.-Bueno, ahora soy graduado en periodismo, tengo un máster y me informo leyendo diversos medios y redes sociales. Después contrasto la información y me quedo con lo que considero oportuno. Podrá ser mejor o peor, pero son mis ideas.


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